Doppelgänger

Ayer fui a cenar con Eduardo. Me pasó a buscar 9.00 y a las 11.30 ya estaba de nuevo en casa. La cena duró sólo dos horas y terminó malísimamente mal, pero por las razones más raras del mundo. Tan raras, que no tuve que pagar la mitad. Imagínense.

1. El interrogatorio.

Como siempre, antes de pedir, Eduardo interpeló al mozo durante veinte minutos. Le preguntó sobre la procedencia de la rúcula (al parecer, la de invernadero tiene hoja pequeña y tierna pero no tiene gusto a nada) y si los mariscos habían sido congelados crudos o cocidos (cocidos se ponen “callosos”), entre otras cosas. Este proceso demoró un poco más de lo habitual porque el salón era ruidoso y porque el mozo era inexperto y haragán. Se quedaba charlando escondido detrás de las paneras y se hacía el sordo para no venir. Pero todo eso es muy común desde que ser camarero dejó de ser un oficio y pasó a ser la profesión de todos los estudiantes de teatro. (De hecho, si justo te toca uno que se cree buen actor o acaba de pegar un bolo en una publicidad, olvidate de que te atienda bien, porque él está para otra cosa).

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Fuente: citaaciegas

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