Mal de ojo

Hace un mes que mi mamá apostó que iba a ir al casamiento sola, y por ahora tiene razón. En estos treinta días no sólo no pude conseguir un acompañante; sino que ni siquiera pude experimentar una velada agradable. Tengo un maleficio: soy invisible para los hombres normales. Estoy condenada a que se fijen en mí sólo los idiotas, los desagradables, los grotescos, los chiflados, los esquizofrénicos voluntarios. Ni siquiera me dan bola los psicópatas y abusadores, que deberían hacerse un festín con una insegura como yo. Ni eso. Soy como un negocio que sólo trabaja payasos, y nada de otra línea de hombres.

En una época salí con un tipo que sí o sí tenía que volver a las once de la noche a su casa para darle de comer a su gata. Siempre. Pase lo que pase. Otro año, salí con uno que le hablaba al auto. Le decía, cariñoso, como quien doma un caballo “hoy vamos a lo de mamá, más tarde nos volvemos, descansamos dos horitas y vamos a un cumpleaños”. Otra vez salí con uno que compraba todo usado por internet, y me daba asco ir a su casa porque todo me parecía transpirado y pegajoso. Y hace mucho, también salí con un profesor que tenía un perro salchicha que se sentaba entre nosotros a ver la tele, y cuando lo quería correr o me acomodaba en el sillón, me mordía la mano.

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Fuente: ciegaacitas 

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