Despellejar a Capello, deporte olímpico

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[por Rubén Uría]

Hay quien sostiene que el resultado bastardea el fútbol (una postura lícita), y hay quien bastardea al que tiene éxito con el resultado (algo triste).   Dicen que la grandeza de un hombre se mide por el número de enemigos que tiene, y aplicando el aforismo a Fabio Capello, sus críticos se multiplican hasta el infinito, condición que eleva al italiano a una estado donde levita como ganador entre ganadores. El libro de estilo de Capello no predica el toque, la aventura o la imaginación, de acuerdo, y premia el músculo, el estajanovismo y la pegada. Considera superflua la belleza (que importe gustar) y acentúa la practicidad (lo que importa es ganar). Capello es la primacía del valor ético sobre el estético. Convierte equipos de escombros en campeones, y el aplastante peso de sus números resulta un plato indigesto para todos aquellos que le demonizan. En estos tiempos resulta fácil comprobar las úlceras que Capello provoca en el paladar futbolístico de la prensa, y aún más sencillo, comprobar que faltar el respeto al italiano sale barato, muy barato. El alatavoz mediático rebuzna contra el nuevo seleccionador inglés, nada nuevo bajo el sol. Si hace de Inglaterra un equipo ganador, nadie rectificará. Nadie lavará los pies de Capello con agua de rosas. Volverán a repetir viejos errores del pasado: menospreciar a Capello es subestimar el ADN más viejo del fútbol, el resultado.

De ricino o de hígado de bacalao. Capello resulta una especie de aceite que se aplica, a precio de oro, para engrasar las piezas de máquinas de mucho potencial que se han quedado oxidadas con el paso del tiempo. Pasó con la Roma, con el Milán, con el Real Madrid y ahora, con Inglaterra. Amén del orgullo y prejuicio hispano, común denominador a la hora de etiquetar buenos y malos en el fútbol patrio, resulta que los libros de historia conminan al personal a recordar a Capello como un entrenador importante, con fama de entrenador cleenex (de usar y tirar), pero que realiza servicios de primer orden.

Limpia vestuarios, implanta códigos, impone un disciplina y lleva a sus equipos desde los escombros a los títulos. Sus agoreros la lanzan a la cara que su fútbol es aburrido, monótono y poco estético. Dijeron que Capello chocaría con la filosofía del Real Madrid de ganar y gustar, pero Capello  encontró el ADN de la genética blanca: ganar. Con un fútbol poco vistoso, sí, con un fútbol de músculo, sí, pero con unos valores éticos tan importantes como los estéticos.

Los padres del fútbol llevan un siglo sin jugar un fútbol alegre, pero Las Islas están de enhorabuena con la llegada de Capello: Inglaterra ha tocado fondo, y con Capello, contratan ese aceite de ricino que, cucharada a cucharada, hará más fuertes a Beckham, Gerrard, Lampard o Terry. Habrá quien diga que Capello mató a Manolete, o que los aficionados al buen fútbol deberán echar cuerpo a tierra con el italiano. Volverán a repetir viejos errores del pasado: menospreciar a Capello es subestimar el ADN más viejo del fútbol, el resultado. A fin de cuentas, manchar, embarrar y basurear el nombre de Capello está barato, muy barato. Vende mucho.

Fuente: elhacha 

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