La mesa está servida

Mi almuerzo fue de lo más raro. Y no por la ensalada que comí, ni por el agua saborizada, ni por la insípida manzana verde con la que me atraganté después.

Como casi todos los mediodías, hoy almorcé en el comedor. (No tengo tanta elección ahora que tengo que hacer dieta, después de todo) pero para prevenir visitas incómodas, esta vez elegí una mesa que tenía gente (gente que no soporto, pero que al fin y al cabo ocupaba el lugar del banco que yo necesitaba que ocupe).

A los dos o tres minutos, sincronizadísimo, entró Marcelo con una bolsa de Mc Donalds otra vez y al ver que no había lugar, se puso a comer en la mesada. Quiero que sepan que además de la hamburguesa tenía una coca cola enorme (Marcelo toma coca cola sólo en emergencias, si no tiene ninguna otra opción. Tiene incorporado ese discurso de que la coca cola afloja tuercas, como quien se aprende de memoria el ave maría).

Sentí un alivio esperanzador por cinco o seis minutos, hasta que dos idiotas que estaban al lado mío y que comían más rápido que unos hipopótamos desaforados, se levantaron para volver a trabajar. Ni bien Marcelo los vio, agarró su bolsa y empezó a caminar hacia mi lugar.

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Fuente:  ciegaacitas

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