Quiero ser un emo más

Los emos follan más que tú y yo juntos. Que ya sé que no tiene demasiado mérito, pero partamos de ahí, porque mira que pocas cosas habrá que jodan más en el mundo. O sea, el hecho de que un tipo que lleva una rata muerta por pelo se lleve a todas las chicas de calle mientras tú te quedas con tus chistes desfasados más sólo que la una no me hace demasiada gracia. Al emo en cuestión sí, claro. En la medida en que algo le pueda hacer gracia a un ser de estos. En serio: Ni los comecacas de palo, ni las otakus histéricas, ni los góticos, ni los visuals, ni los neonazis, ni los adoradores de Satán, ni Pedro Ruiz. Nadie jamás me dará tanta rabia como los emos.  Es por ello que he decidido convertirme en uno de ellos, infiltrarme en su sociedad secreta y descubrir qué hay detrás de tanto sufrimiento hacia el mundo, corte de venas, pelo tapando un ojo y grupos deprimentes. Tiene que haber algo, algún sentido, maldita sea. Quiero ser un emo.

Así que me he puesto a ello desde ayer mismo. 2008, el año del sufrimiento y la negrura de la vida. Hey, no es difícil. Lo primero de todo es esperar que el flequillo me tape el ojo izquierdo, obviamente maquillado con línea de ojos negra. Lo siento, mamá, sé el disgusto y el susto que te vas a llevar, pero es necesario ser como todos para afianzar mi individualidad. ¿Dónde se ha visto sobrellevar los problemas con el pelo cortito y recatado? ¿Y con los ojos sin maquillar? Nada, nada. El pelo, peinado sobre un ojo. Ser tuerto es lo que he querido toda mi vida (en realidad fue el Escalestri, pero tampoco vamos ahora a ser picajosos), y oye, en el caso de que deje de ser emo para antes de octubre, siempre puedo peinarmelo bien para el cosplay de Phoenix Wright. Con el pelo así, ya sólo me queda maquillarme todas las mañanas, lo justo para que me miren por la calle pero no se atrevan a señalarme debido al temor de contagiarse, y hacerme un par de piercings en el labio, la ceja, los pezones y el maxilar derecho. Necesitaré dolor para recordarme que estoy vivo. Y lo siento, mamá, pero tendré que pedirte dinero para comprarme ropa de esta que cuesta cientos de euros pero que aparenta haber costado ocho en un mercadillo de pueblo. Es lo más. Una vez así, ya sólo me queda estudiar algo de historia por si acaso se tercia entre depresión y falso corte de venas, poner cara triste e infiltrarme en un grupo de estos. Hay miles de ellos por Barcelona (en serio, está infestada). Sólo me hace falta coger un avión y plantarme allí. Seguro que me adoran.

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Fuente: blogderandy 

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